La diversidad cultural y el rol de la juventud.
Debemos reconocer que estamos inmersos en una situación nunca antes vivida por la humanidad. Los adelantos científicos y tecnológicos nos han alterado la idea que teníamos de tiempo y espacio. Todo parece ocurrir más rápidamente y todos los lugares parecen estar cercanos. Al menos para los que podemos contarnos entre los privilegiados partícipes de esta nueva edad histórica a la que algunos aún le están buscando un nombre y muchos otros ya denominan “alta modernidad”. Y en este nuevo mundo parecería que prácticamente todo se encuentra a solo un clic de distancia. Ya no existen barreras culturales y todos formamos parte de una nueva cultura global.
Nos inunda la información en forma constante, y parecería que cuanto más avanzamos en conocimientos, más perplejos quedamos al darnos cuenta de cuánta diversidad existe en el planeta. Miles de etnias con sus idiomas y dialectos, cientos de cultos, creencias y religiones, melodías por demás diferentes, actividades artísticas sumamente variadas, distintas formas de estructuras sociales y cientos de platos típicos exquisitos. Podríamos seguir enumerando por un largo rato los miles y miles de ejemplos que a diario nos presenta la diversidad cultural del mundo actual, de esta “aldea global” a la que muchos se niegan a integrar, más allá de que coincidamos o no en sus argumentos. Pero no podemos escaparle a la idea de que el pluralismo cultural nos rodea. Todo, absolutamente todo, se ha diversificado. La economía se ha globalizado y las culturas se han desterritorializado. La diversidad cultural nos envuelve y es tan común que casi pasa desapercibida ante nosotros.
Los jóvenes no han sentido el impacto tanto como los adultos. Es claro, nacieron formando parte del mismo. Y ellos son los que están llamados a no desaprovechar este momento. Un momento que quizás no se presente nunca más en la historia de la humanidad. Pensemos que podríamos estar ante la única e irrepetible posibilidad de comenzar a cambiar. De ellos dependerá si se suben o no a este tren de la diversidad. Una oportunidad única, de la que sin dudas dependerá el futuro de nosotros, de ellos y de las futuras generaciones. Son los jóvenes los que deben abordar ese tren y conducirlo hacia la tan deseada unidad de toda la humanidad en la diversidad.
Ellos pueden mirar con ojos limpios el futuro y pueden hablar tan claro como nosotros si es que se lo proponen. Porque desean un mundo mejor, un mundo donde la convivencia pacífica se convierta en norma cotidiana.
¿Es tan difícil que nuestros actuales gobernantes comiencen a replantearse algunas cosas? ¿Es tan improbable la aceptación del otro como un “semejante”? ¿Es sólo una utopía, un sueño de locos, una idea de pocos, esto de la unidad en la diversidad?...
Deben pensar un instante y mirar hacia atrás. ¿Qué hubiese sido de nosotros sin esa oleada inmigratoria de fines del siglo XIX y principios del XX? Pensemos en aquellas tremendas barreras culturales que debieron enfrentar nuestros bisabuelos. ¿Vale la pena, tomando ese ejemplo, seguir pensando en la diversidad cultural como algo ajeno, extraño y negativo para una sociedad? ¿Vale la pena seguir sosteniendo que el otro no tiene nada que pueda sernos de utilidad? ¿No será que su historia, al fin y al cabo, no es tan distinta de la nuestra? ¿No será que su comida, su ropa y su música son parecidas a las nuestras?
Echen mano a ese don Divino y piensen, actúen racionalmente. No dejen que esta oportunidad de mejorar el mundo se les escape. No hagan de la diversidad cultural lo que muchas veces hemos hecho con el agua, a la que casi sin darnos cuenta dejamos escapar entre las manos…